Wednesday, January 25, 2006

Josefina la cantora

-...El olvido en que nos tuvo, hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
(Juan Rulfo, Pedro Páramo)


En ninguna parte está escrito que la existencia de un ser humano deba ser celebrada, o que su obra deba ser reconocida. Muchos códigos sacralizan la vida, o prohíben matar: positiva o negativamente, estamos bajo el mandato de respetar la vida del prójimo. Pero ¿qué sanción hay para el periodista que no reseña un libro, o para el historiador de arte que no deja constancia de quién es el autor de cierto monumento?
Ninguna; absolutamente ninguna, que yo sepa.
La divulgación de información sobre el patrimonio cultural queda sujeta así a la arbitrariedad más extrema.

Habría que empezar a evaluar pérdidas: cuántos manuscritos inéditos quedan sin publicar, cuántas obras de arte salen del país ilegalmente sin control ni registro, todo por la maldita idea de tomar la obra como algo personal del autor, y el silencio en torno a la misma como un justo castigo para la hybris o vanidad del artista. En los países europeos que han sufrido el saqueo nazi, y otros saqueos, la cuestión se plantea de otra forma, en términos de patrimonio cultural.
Todo esto no lo digo por mí, sino por mi abuelo; ver post de ayer. Cualquier drama personal del artista en su relación con el poder tiene que quedar en segundo plano respecto del interés superior del valor de la obra, entendida ésta como capital simbólico perteneciente al dominio público. Y los críticos e historiadores tendrían que formularse una suerte de juramento hipocrático. Si un médico, a la hora de salvar una vida, no distingue entre un genocida y un santo, un crítico debería usar más responsablemente su poder para salvar una obra del olvido, y, ante una obra de buena calidad, no debería reparar en impresentabilidades morales o políticas del autor, mucho menos en tirrias personales más o menos inexplicables.
Este no pretende ser un post críptico: ignoro qué problema tuvo il nono o con quién, y es muy difícil averiguarlo casi un siglo después. A lo mejor fue un simple karma, o la inercia del medio. Quizás no hubo fallas morales sino lo contrario, una saludable falta de escándalo. El olvido local de mi abuelo demuestra cómo, por culpa de la irresponsabilidad de los críticos e historiadores ante el patrimonio artístico, los artistas quedan entrampados en un dilema moral donde si no se autopromocionan ni adulan a los críticos y a los estilos de moda quedan borrados, todo ello ante una sociedad que condena la autopromoción y aplaude la integridad a cualquier precio.
Pero por otra parte el rencor ante este olvido, que es la forma retorcida que la piedad filial ha asumido en mi madre, es tremendo por demás; su furor vengativo es digno de un Laertes, ni que se lo hubieran matado. Me alegra que mi nota haya podido calmarla al fin. Escribir sobre la obra de mi abuelo fue hallar una coincidencia entre mi propio deseo (escribir) y el de mi madre (ser viuda de su padre). Me sale más barato esto, que pretender saldar esa falta infinita con una supuesta fama mía imposible de lograr. Sería inmerecida y soy patológicamente tímida, para colmo. Pero en el esfuerzo vano logré la mínima autoridad crítica y espacio de poder necesarios como para emprender esta reparación de la fama negada a mi abuelo, reconstruir la escena amorosa edípica de mi madre y lograr que la vieja se deje de joder de una vez.

Sobreviviré.

Revolví una librería. Me compré la edición de $15 que trae Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo. Ya tengo el libro de sus cartas, así que ahora tengo sus obras completas. Me contuve ante lo que debe ser el último ejemplar de El Affair Skeffington (1992, Bajo la Luna) de María Moreno, sepultado entre una pila de libros de poesía. Confío en que algún buen amigo me regale para mi cumpleaños (29/1) Zuckerman encadenado (2006, $ 49) de Philip Roth.
Y la sección de psicoanálisis lacaniano sigue ejerciendo sobre mí un magnetismo casi pornográfico.

Déivid cambió el cobayo macho por una hembra, negra y con una especie de collar que es del color que tiene la luna cuando recién sale.
Las cobayitas cantan. Desde la pieza de Déivid brotan unos gorjeítos burbujeantes: cuí, cuí, cuí... ahora entiendo por qué se llaman cuis estos animalitos. Yo le discutía a Déivid que el singular era cuis y el plural cuises, pero en el diccionario figura como "cuy", y así se lo llama en todos los países de América hispana menos en éste. Me imagino los argentinos en el campo: "cuí", dice el peón. "Cuis", corrige el patrón de la ciudad, que nunca los oyó cantar.
Éste fue un aporte más de los Dres. Durden & Norton a la búsqueda de le mot juste.