Friday, November 04, 2005

sincretismo

a Santiago Llach

En casa siempre nos contaron una historia centrada en esta imagen: mi abuelo, el escultor Blotta, yendo cada domingo en tranvía hasta la cancha de Central en el barrio de Arroyito. Era un mito indiscutible, un rito fundante. La familia (mi madre, mi tío, mis hermanos, mis primos, hasta mis sobrinos) salió canalla porque otra cosa no podía ser.
Un detalle siempre me había causado gracia: por una serie de azares que empezaron con un accidente de trabajo mientras él esculpía su monumento a Alberdi (que está en Plaza Alberdi, un poco al norte de Arroyito) mi abuelo cruzó la frontera con Paraguay y terminó casándose con mi abuela Carmen, paraguaya ella, en un pueblo llamado "Emboscada".
Hace un par de años, por una serie de azares también conectada con mi abuelo y su novelesca vida, viajé por primera vez a Asunción del Paraguay y visité a mis parientes de allá.
Todos tenían un recuerdo magnífico de Blotta. Mi tío abuelo Marcelino, flaquísimo y con la cabeza blanca bien erguida, sentado junto a mi tía abuela en medio de todos sus hijos como el patriarca de La casa de los espíritus, contó en un hilo de voz suave y pausada, pero firme (tiene casi 100 años) que estábamos emparentados con un héroe de la Guerra de la Triple Alianza, Elisardo Aquino Jara.
¡Y yo no sabía! Todo lo que me habían dicho en casa es que veníamos de "una familia considerada importante", pero no me imaginaba algo tan glorioso como esto. En el mismo susurro sedoso y tenso Marcelino habló de su módica plantación ("algunos animalitos...") y de que él mismo era veterano de la Guerra del Chaco, lo mismo que sus dos hermanos muertos ("murieron de sed...").
Otro pariente, Panito Jara, me llevó en auto (maneja un Mercedes, un fierro increíble) a conocer la iglesia de Emboscada.
Nunca nada me asombró tanto como el estilo barroco americano franciscano de sus imágenes policromadas talladas en madera, que bajo la fina pátina del tema cristiano irradian la poderosa carga mágica del arte guaraní. Por una de esas paradojas de la Historia, el pueblo se llama así porque lo mandaron construir los españoles como punto estratégico donde los esclavos negros libertos (los "prietos libres"), vueltos a contratar como soldados, les tendieran una emboscada a los guaraníes.
Después fuimos a Luque, que queda ahí cerca. Allí nacieron mi abuela materna Carmen Prieto y su tío abuelo Elisardo Aquino (que tiene un mausoleo en Luque, donde yace; me enteré hace poco por una carta que mi abuelo recibió en 1968 y que exhumaron recientemente mis primos, o no nos hubiéramos enterado nunca).
Toda la ciudad de Luque (sus postes de la luz, buzones, kioscos, etc.) estaba pintada de azul y amarillo. Hice el típico mal chiste argentino: ¿acá son de Boca o de Central? Jara, con paciencia, me contó que de ahí es oriundo Chilavert, y me explicó que los colores de la ciudad de Luque son los del equipo de fútbol de la ciudad, Sportivo Luqueño: azul y oro. ¿Pero cómo, mi abuelo no era hincha fanático centralista?
De regreso en Asunción le comenté esto a mi tía Carmencita, sobrina de mi abuela Carmen, y la vi sonreír con una expresión entre irónica y pícara. "No estaba enamorado el hombre", me acuerdo que dijo.
Así se supo: bajo su pátina de canallón rosarino, el hombre había abrazado secretamente la religión guaraní.
No es que no los quiera a mis parientes paraguayos; espero que ellos sepan comprender.
Me hice de Newell's.