Thursday, May 19, 2005

"Uhhh...

...cuánto que sabés..." me decían mis paisanas urbanas de Rosario refiriéndose a mis clases o a mis artículos allá por mis épocas de desesperada necesidad de salir a la calle o hacer algo, cuando siempre terminaba anotando trivialidades en bibliotecas y volcándolas en artículos supuestamente sesudos y topándome con gente que me los comentaba, o cada tanto con algún loco que trataba de cagarme a piñas porque todavía no se trataba de encuentros virtuales.
"Uhhh... sabés múuucho..." me decían otras mujeres y al oír eso, ese canto de sirena, me asaltaba la duda de si acaso no me estarían tomando el pelo, o adulándome, y en cualquier caso mintiendo descaradamente ya que me consta que no sé tanto: no sé nadar, no sé cómo salió Ñul, no distingo a John Coltrane de Charlie Parker ni a Mozart de Vivaldi, soy capaz de pelar las papas con cuchara o de llamar al 110 de Informaciones de Telecom para preguntar a cuánto cotiza el dólar, no terminé todavía el ciclo básico de Bellas Artes, mi único idioma extranjero -al que manejo con la ayuda de tantos diccionarios que tendría que tener un montón de brazos como la diosa Shiva o como los colectiveros de antes para poder consultarlos- es el inglés, al que pronuncio de modo incomprensible; ¿me estaban tomando el pelo?
No. Sencillamente, ¡sabían del mundo todavía menos! Del mundo, sabían seguramente lo mínimo que hay que saber para sobrevivir de un empleo: qué hora es, dónde queda la oficina, qué colectivo me deja y en cuánto tiempo llega, quién es el jefe, esas cosas. Ahora bien: de sí mismas sabían una barbaridad. Habían diseccionado sus propias almas con la paciencia de quien es capaz de ir dos o tres veces por semana al analista. Sabían cómo hacer para no dejarse invadir, cómo reconocer a un psicópata entre un montón de gente y evitarlo, cómo darse cuenta de que se estaban autoboicoteando, en suma: conocían pelos y señales de todas y cada una de las inhibiciones neuróticas que les impedían triunfar en la vida. Y sus antídotos.
No por eso habían mejorado.
Pero por lo menos no culpaban a nadie.
Cuando la conversación entraba en un tema personal, se asombraban de mi torpeza: "¿Cómo, no fuiste capaz de poner LÍMITES?" Pero en cuanto algo de lo dicho por mí se refería tímidamente a la política, la sociedad o el arte, les sobrevenía ese exagerado retroceso, esa reverencia bovina y lanar: Úuuh... cuánto que sabéees...". Y fin de la charla. Retirada.
Ahora creo que no se trataba de un saber, sino de una mirada. Hay almas con ventanas a la calle, de la que captan apenas vistazos, y otras que jamás levantaron la persiana pero que conocen a fondo cada detalle de la decoración del comedor.

Ejercicio para moralistas:
¿cuántas veces aparece la palabra "yo" en este post?