...del supuesto artista supuestamente maldito como supuesto héroe supuestamente trágico... pero, eso sí, involuntarioEsas ansias de ser sin atenuantes ni ayudas de ninguna especie lo impulsaron a aferrarse a lo único que es solo de cada uno, al sentimiento...Es muy largo para postearlo entero, pero no tiene desperdicio, el ensayo de Héctor A. Murena "Roberto Arlt o el sacrificio del intelecto" que publicó hoy el suplemento Radarlibros de
Página/12.
Justo hoy es uno de esos días en que me desperté pensando: ¿Qué hago? ¿Me arrepiento una vez más o decido dejar al fin de arrepentirme de no haber querido seguir transando con la lógica corporativa e hipócrita de los intereses creados de esa burguesía de cotillón que es hoy el establishment literario nacional? ¿Intento en cambio una vez más, con la peor torpeza y mala leche, autodecretarme héroe trágico por haber metido la pata de esa manera, o de ahora en más me la banco? ¿Denuncio nomás el hecho de que la poesía argentina se define como apuesta estética por la anulación de la primera persona porque su ética es la de la conveniencia? ¿Digo al fin que los críticos y los hacedores de poesía desdeñan el sentimiento por hallar en él -acertadamente, me temo- la expresión del descastado?
¿O mejor me callo?
¿O mejor sigo trabajando, con incólume fe en los mitos de clase media (o del sentido común) de la lucha por la buena calidad, el trabajo, el ahorro y la perseverancia?
Todo esto lo fui rumiando con fondo de imágenes y soundtrack de la bellísima y amarguísima y ultra recontra pesimista
Matchpoint, la entrada con gloria y
cum laude al melodrama burgués decimonónico de Woody Allen, alias "Ídolo": el yanqui judío que decidió por fin hacerle justicia al cine y hacer como si Jane Austen o Charlotte Brontë o Dickens o Thackeray hubieran podido agarrar una cámara.
Pero entonces H. A. Murena resucitó y dijo:
¿...acaso no es la novela –bizantinismos aparte– lo no común, el evento extraordinario e impresionante? Es tornar verosímil un hecho que rompe el orden vulgar, maravilloso, y agreguemos que cuando se cae en lo inverso, en querer exponer lo maravilloso que hay en lo vulgar, cuando se persigue la psicología, la caracterología y la verdad, o sea cuando se practica el llamado realismo, se logran naturalmente plausibles resultados sociales, descriptivos, poéticos, filosóficos, pero se confiesa al mismo tiempo un impotente desdén para lo que es esencial en la novela....
Y aunque hoy vayamos perdiendo cada vez más y más la capacidad para percibir la blasfemia que encierra el querer ahogar a la imaginación bajo la realidad, esa blasfemia se vuelve incesante y peligrosamente contra nosotros. Piénsese sólo en los recientes narradores norteamericanos, quienes, para lograr un lenguaje original, una forma que les asegurara el ser, extremaron la seductora fórmula realista de suprimir la presencia del autor, de dejar hablar al mundo tal como es; piénsese en ellos, en cualquiera de sus obras, y se recordará por sobre todo la punzante tristeza que exhalan....
(NOTA: Donde dice "narradores" léase "poetas narrativos".
Donde dice "norteamericanos" léase "argentinos".
Donde dice "recientes" léase "de los 80 y 90".
Esta notita fue un aporte de los Dres. Durden & Norton al desastre, la catástrofe y la destrucción generalizadas que reinan en el ultrabizarro campo de la literatura nacional.)
Pero sigue Murena, luego de oponer a la tristeza del realismo la alegria de la invención, y volviendo la mirada sobre sí:
...lo que Arlt, al afrontar el problema general de la vida, descubrió en sí y transmitió a sus personajes, a semejanza de Dostoiewsky, fue que los argentinos, los americanos, como los rusos, sienten una especie de ilegalidad vital, una desautorización de sus existencias en el ámbito nacional, como si esa justificación estuviera reservada sólo para el occidente de Europa, una ilegalidad que con la búsqueda de la intensidad del sufrimiento, de los apretujones del dolor, se intenta superar.Recomiendo leer todo el artículo. La figura de héroe que traza, con firmeza nietzscheana, Murena al dibujar a Arlt, habla implícitamente de una voluntad de heroísmo. Pero, ¿hubo esta voluntad en Arlt? Habría que investigar -¿no es cierto?- antes de darlo por sentado sin más. Cabe además preguntarse: ¿La hay en los giles como uno, le caben los laureles de héroe trágico o de poeta maldito a cada uno de los boludos que quedamos tirados en la banquina por no tener la viveza de adaptarnos al menú de sapo crudo de las pseudo élites que diseñan nuestra literatortura nazi-onal?
No sé. Temo que no. Mirando en perspectiva, me parece que la grandeza de esos dos ilustres compatriotas tiene que ver con su obra, no con el hecho de que los hayan ninguneado por aguafiestas. O eso quiero creer, bah. Porque si no, lo que estamos tomando como marco a la hora de definir la grandeza moral de una figura literaria a la cual poder considerar un ejemplo o referente, es la idea de un mundo social donde para ser mínimamente humano, es decir, para ser apenas fiel a un sentimientito propio, a una vocecilla individual o siquiera a algún tímido atisbo de crítica, hay que optar necesariamente por el mal mayor; decir la propia palabra sería convertirse en buchón, sería traicionar el silencio corporativo, hacer lo que no conviene, en suma: sería suicidarse heroicamente, y devenir mártir. O delator.
Y yo no creo que tenga que ser así. Hay muy poca carne en esa tonta historia como para que tirarla al asador falsifique un infierno salvador a la medida del heroico Judas Iscariote New Age. Nietzsche dijo: "Di tu palabra y hazte pedazos".
Pero tampoco puedo olvidar la cara del protagonista de
Matchpoint al final: ese primer plano del asesino a un costado de su armonía familiar, esa cara bella y triste puesta ahí para que todos lo compadezcamos, para que pensemos: pobrecito, lo que TUVO que hacer para conservar esto...
Ese tono, el tono de esa lástima, el tono de esa cara, campea en mucha poesía argentina de los ochenta; en demasiada, tal vez. En mucho de la mía, sin duda. "Pobrecito, tuvo que renunciar al sentimiento...".
¿Y?
Elegiste el mal menor: no sos un héroe. Con lo que ganaste a cambio, loco, andá a que se apiade de vos tu abuelita...
Y la contrapartida de eso es la imagen devaluada del sentimiento individual como la cosa mersa y grasa del lumpen idiota que no tiene el tino de cuidar lo que ganó.
¿A dónde apunto con todo esto?
A que no puede ser que el goce del juego perverso con el poder y sus dilemas de hierro sea todo en este maldito país.
¡La vida es corta!
Como dijo Florecita:
¡A bailar!