(regalo de Pascua, o la luz al final del túnel)Todos los esfuerzos que se hagan por arreglar algo, sólo conseguirán romperlo peor. (Ley de Murphy)
Terminé una primera lectura rápida de EGOLATRÍA, por Guillermo Rendueles Olmedo (e-book que se puede bajar gratis de
rebelion.org), y si puedo decir que un libro me cambió la vida, es este.
Rendueles dice aquí todo lo que yo sospechaba de mi época y de las terapias de mi época y que no me animaba a preguntar. Su libro redondea, desde lo político y lo práctico, ese paisaje humano que pinta Franzen en
The Corrections.
Leídos los dos en combo, y si ambos fuesen novelas,
Egolatría aportaría la negatividad y la afirmación que a
The Corrections le falta para ser algo más que un logro literario indudable, una buena historia bien contada con ricos personajes, y alzarse hasta las alturas de la crítica y demoledora obra maestra que no fue, pero que casi, casi...
Esos padres ancianos solos en la casa, ese hijo que no se anima a acercárseles porque sabe que lo consideran un fracasado (a pesar de que es el hijo más querido), ese otro hijo que logra el éxito material y a quien sus dos familias odian por materialista, o simplemente por hijo de puta; esa hija que se decide a apostarlo todo a las reglas de juego del sistema y lo pierde todo, ese mismo día... y la insistencia de la familia en seguir siendo tal: Franzen sigue bien el trazo que marcó
Family Dancing de David Leavitt, el primero que vio que la escena del almuerzo familiar (o del desayuno, en la cultura yanqui) era una antigualla entrañable que en el siglo XXI íbamos a extrañar más que a los tranvías.
Lo que no convence es el modo beatífico en que, al final,
The Corrections anuda las cuatro conversiones post-navideñas (el único que no cambia es Gary, el hijo de puta) luego de haber navegado páginas y más páginas magníficas tironeado entre dos demonios. Por un lado, una cosmovisión tipo años cincuenta, digamos tipo Bellow o tipo Salinger, es decir una (salvando las distancias) como la que vengo bosquejando en este blog, o sea: una visión freudista-edipista-sistemicista que demoniza a la familia, y sobre todo a la madre. Por el otro, un sano esceptiscismo frente a esas visiones que se resiste, sin embargo, a retornar a los valores tradicionales.
A falta de una utopía alternativa, a falta incluso de una utopía GAY alternativa (que ensaya, a lo Leavitt, pero sin éxito: los personajes femeninos de Franzen son demasiado competitivos y ásperos para bancarse ser lesbianas), a falta de algún ideal comunitario cuya postulación final a lo
Deus ex machina lo hubiera sumergido en la banalidad más irremediable (pienso en
Microserfs de Douglas Coupland, en cómo su belleza se desbarranca por los peñascos de la inverosimilitud cuando la madre lisiada es santificada hasta devenir el centro de esa pequeña empresa y comunidad mística que forman los ex empleados de Microsoft), el rumbo del libro primero vacila, luego se anuda en torno a las decepciones de la navidad, por fin se enrosca en torno a la agonía y muerte del padre y "libera" así a la madre.
La última frase (algo así como: ella tenía setenta y cinco años y mucho futuro por delante) es cruelmente falsa. Que se la haya podido creer el autor luego de flashearnos con su esceptiscismo brillante a lo largo de cientos de páginas, provoca una desilusión como la de esa misma mujer cuando no encuentra en su hogar un niño lo suficientemente inocente para poner el jesusito en el árbol navideño el día 24 (y de quien tampoco nos gustaría que lo encontrara, o que no le importara encontrarlo).
Cuando se llega a ese punto, estamos en un callejón sin salida causado por la contradicción permanente entre los dos paradigmas que rigen el libro: la familia-demonio de los años cincuenta, que justifica un exilio individual al estilo de los años ochenta, y este individualismo visto a su vez como una especie de suicidio social más bien ridículo en su pretenciosidad. Esa contradicción enriquece la historia, a la vez que no deja títere con cabeza, pero también, a falta de otra salida, va empujando a cada personaje a un cul-de-sac, entrampándolos. Vuelven a casa al fin, pero vuelven injustamente derrotados. Franzen ha construido un horizonte de negatividad tan desértico y vasto que ninguna afirmación en contrario de nada parece ser válida ni posible.
Sabe que la salida no es volver atrás, a los valores tradicionales que ya vapuleó; tampoco puede huir hacia adelante en pos de una utopía tan superadora como inverosímil. Para poder cerrar el libro, para lograr la armonía final que redondee una novela de casi 600 páginas, termina cediendo y creyendo en algo de todo lo que ya atacó antes. La tentación de la inocencia destruye al fin el espíritu crítico que era el oxígeno donde esta obra respiraba. Queda a salvo el ideal del arte por el arte, pero a costa de todo lo demás.
A Rendueles, en cambio, lo salva la fe revolucionaria. Como "Egolatría" es un ensayo, no una obra de ficción (y por lo tanto no es comparable a una novela más que en sus presupuestos ideológicos), como no tiene psicologías ficticias que complicar y sostener, como no tiene un mundo imaginario que mantener asido a sí mismo ni un público y una crítica que vayan a acusarlo de naïf si afirma algo, arrasa con todo cual aplanadora. Arrasa con todo, es decir: con todas y cada una de las terapias, nuevas o viejas, que bajo el pretexto de liberar al individuo de sus antiguas cadenas lo convierten en un zombi solitario a merced de la crueldad del capitalismo salvaje y del mercado.
La explicación final de Rendueles es sencilla: estamos mal como estamos porque hemos destruido nuestros lazos sociales naturales, nuestra memoria comunitaria, nuestros ámbitos de resistencia solidarios. Estamos mal porque creímos que podíamos elegir nuestro destino o nuestros afectos o nuestras creencias a la carta... y que el psicoanalista o el terapeuta sistémico era el mâitre.
La apuesta final de Rendueles es al mismo tiempo la de Leavitt, la de Coupland y la de Franzen, pero más lúcida: cortá tus raíces por perseguir tu deseo y te vas a encontrar solo ante la muerte, es verdad; pero renunciá a perseguir tu ideal, renunciá a la excelencia en nombre del puro bienestar, y te vas a encontrar con la depresión de no ser nadie.
No habría, parece, salida posible de lo tradicional. Es curioso cómo, ante la ingeniería desocializante de las nuevas psicoterapias, termina por formarse un frente común que es a la vez conservador y de izquierda. (Algo muy tranquilizador sugiere Rendueles: TODOS los jefes son re garcas, por el solo hecho de ser jefes. Fácil es decirlo, difícil verlo en el contexto fluctuante del empleo precario.)
Los tres novelistas plantean una falsa dicotomía entre la felicidad y el ideal (al que sería cuerdo renunciar), similar a la que se propone al paciente desde las terapias. Pero donde los novelistas abrazan la felicidad a costa del ideal, el psiquiatra (Rendueles) supera la dicotomía posmoderna, da marcha atrás con entusiasmo, abraza el ideal. Recupera viejos valores: el altruismo, la búsqueda del reconocimiento (no se excluyen mutuamente), la vergüenza entendida como preocupación por el qué dirán. Estas cosas dan sentido a la vida humana, de la cual no puede pretenderse que se rompa y se arregle a cada paso sin dejar rastro alguno del pasado. Rendueles desconfía de los amigos descartables y del divorcio a repetición: los cambios son duros, es normal que duelan las pérdidas, no se va todo con una pastillita.
Se necesita mucha grandeza para lanzarse a contramano de las tendencias destructivas y supuestamente curativas de nuestra época. Se necesita una verdadera conversión espiritual para guerrear contra la estupidez de nuestra época, incluso contra la propia: pero sólo así se puede escribir una gran novela. Creo que si Rendueles fuera novelista, escribiría la gran novela de nuestra época. Tiene, y transmite, gran parte de lo que hace falta: mucho valor y una capacidad de pensar a la intemperie de cualquier teoría, nutrida por generosas reservas de sentido común.