misántropos
Un grupo de autoayuda para fóbicos sociales parece una contradicción imposible: una reunión de misántropos. A olvidarse de que a la salida vamos a ir a comer unas pizzas. Cuando la coordinadora empieza a perder el hilo de su discurso, ella misma mira su reloj. Todos miramos nuestros relojes, o nuestros teléfonos celulares que nos sirven principalmente de reloj. Una mujer del grupo cuenta que como le da miedo beber o comer en público, hace veinte años que no sale a tomar un café. Es bella, está bien vestida y perfectamente peinada; pero por supuesto a nadie se le ocurriría invitarla a tomar un café. Y a nadie se le ocurre. Lo que sí nos surge es esta pregunta: ¿tenemos que contar nuestro problema? Ninguno de nosotros dice "a nuestros amigos". Titubea y finalmente suelta una chica joven, rubia, estilo rockero, de remera turquesa: ¿Conviene que yo le cuente esto a mi amiga? Es la única amiga que me queda, aclara, como si hiciera falta. Es casi una marca de status, implicar que en otros tiempos hubo más; pero sólo implicarlo. Amigos no es una palabra que en el submundo del Trastorno de Ansiedad Social nos atrevamos a utilizar en plural con demasiada facilidad. Hoy, en casa, ahora que ya se me pasaron los nervios, pienso que obviamente ahí hay una contradicción más. Que el problema sea qué contar o qué dejar de contar, cuando la verdadera pregunta es ¿a quién? Pero todos hemos tenido jefes. Perversos, claro. La gente es mala y se abusa. Uno les da lugar. Alguien cita a Bucay. Odio a Bucay. Bucay dice que la gente con baja autoestima como nosotros brinda una imagen desvalorizada de sí misma y por eso, por eso nos atacan. Yo estoy sin voz y desde que llegué soy un ovillo de tos en un rincón pero sin embargo me las arreglo para bramar, en un vómito de flema: ¡Pensar así nos alimenta la culpa! La coordinadora debe estar llevándose una imagen pésima de mí: disruptiva. Seguro que algo les dirá a los supervisores. No importa, me digo. No va a pasar nada. Son sólo pensamientos típicos de mi patología. El sobreviviente del jefe perverso vuelve a insistir sobre su jefe perverso. Es alto, pelirrojo y sería un lindo tipo si no fuera por ese pulóver con rombos y esa cara de yo-no-fui y su obsesión culposa con esa relación con ese jefe (lo comprendo, cómo lo comprendo...) y ese latiguillo materno: "yo no debí confiar en él, no debí abrirme; la gente se abusa". Por supuesto, termina la reunión y todo el mundo sale rajando. En direcciones opuestas, desparramándose en los dieciséis o cuarenta puntos cardinales. ¡Un viernes a la noche! Pero descubrí un barcito italiano atendido por italianos de verdad. Voy y ceno una cosa que ya no me acuerdo cómo se llama, pero qué rica.



<< Home